La Cámara Chilena de la Destrucción y La Estrategia del Caracol unen fuerzas en un split que no solo suena bien: también dice algo sobre cómo se hace música independiente en Chile.
“El Hambre y las Ganas de Comer” no es destacable solo porque sea bueno, postura que defiendo fervientemente, sino también porque el formato que presenta funciona de manera orgánica y nos deja enseñanzas valiosas sobre la música como disciplina.
Pero primero que todo, para quien no se haya enterado: el título anteriormente mencionado hace alusión al LP/split lanzado por la Cámara Chilena de la Destrucción y La Estrategia del Caracol. La primera banda es originaria de Temuco y la segunda de Santiago, dando forma a una propuesta conjunta que alterna canciones con una amalgama de sonidos provenientes del post-hardcore, el emo-pop y el midwest emo.
La propuesta conjunta ha enamorado a propios y extraños, siendo una muestra patente de que el hardcore sigue adaptándose a las sensibilidades actuales, dando espacio a estilos, codeándose con otros géneros de la década que suenan harto.
El formato del split tiene su historia, y creo que podemos encontrar un significado más profundo desde su origen. Originalmente es un concepto que nos remite al vinilo, donde un artista ocupaba la cara A y otro la cara B. Desde los noventa esto se adaptó al CD bajo esa misma filosofía de dividir sin tener las caras físicas (Craig Finn, 2011).
Su función, al menos desde su concepción, era dar a conocer distintas bandas y artistas compartiendo los gastos de producción, distribución y promoción: una buena opción para abaratar costos, ya que es sabido que la música no es una disciplina barata. Por otro lado, servía para que una audiencia pudiera conocer un proyecto distinto por el precio de un disco (Wikipedia).
Sin embargo, este split no solo funciona en lo formal. Ambos proyectos orbitan el emo-pop y el post-hardcore siendo enérgicos, estridentes y pesados, sin renunciar a lo melódico y nostálgico. Son la respuesta de una herencia de la autogestión: bandas de distintas partes de Chile tejiendo redes de apoyo y trabajo independiente, haciendo circular su música en una industria masiva. Algo parecido a lo que pasaba en los ochenta con las peñas y los casetes caseros.
En esos años, la destrucción de los foros sociales oficiales dio paso a que la resistencia artística construyera una red de espacios alternativos. Lugares como el Café del Cerro o la peña Kamarundi, además de espacios universitarios y parroquiales, ligados a la Vicaría de la Solidaridad, funcionaron como trincheras creativas, laborales y de organización política (Semanal Jornada, 2023).
Ese hambre de crear, como lo menciona el refrán que le da nombre al disco, y saciar la necesidad de hacer ruido, lleva dentro ese gen de buscar otras formas, más allá de las establecidas, para crear y compartir.
La potencia instrumental de ambas bandas no tiene igual. A eso se suma un peso importante en las letras: el deseo de ser auténtico y encontrar el propio camino, la nostalgia, los relatos íntimos. Abrirse al resto siempre conlleva un salto al abismo, y valentía de por medio.
Destaco el choque entre el casi murmullo y los gritos que colisionan en “Diversión Tipo 3” de La Cámara Chilena de la Destrucción, y las voces que se complementan entre sí hasta reventar en “Corriente” de La Estrategia del Caracol, un estandarte perfecto como primera canción, porque en casi cuatro minutos adelanta todo lo que se puede esperar del resto del LP.
Nuevamente tendré que citar un texto sobre Los Prisioneros, pero lo que hacía tan especial a “El baile de los que sobran” era su capacidad de reflejar la decepción de la juventud y la pérdida de la identidad cultural propia (Semanal Jornada, 2023). En términos de canciones, creo que este split rescata algo de eso: además de su calidad de entrega y producción, logra plasmar dudas y sensaciones de sus integrantes que pueden resonar en miles de oyentes.
Y eso, mi querida gente, es un gran valor cuando hablamos de hacer música.

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