Légamo: «Intentamos tocar la idea del jazz, pero sin ser realmente jazzistas»

Con «Círculo de Fuego», el sexteto porteño desplegó un universo de ciencia ficción solarpunk y capas sonoras sin fronteras de género.

Légamo lleva desde 2016 construyendo uno de los sonidos más inclasificables del Barrio Puerto de Valparaíso: una mezcla de punk, avant-prog y free jazz que con cada disco suma nuevas capas. «Círculo de Fuego«, su cuarto álbum de estudio, los encuentra convertidos en un sexteto y con su propuesta más ambiciosa hasta la fecha: siete composiciones que funcionan como banda sonora de una ucronía solarpunk narrada en el relato original «Al encuentro de sí mismo», con una gira nacional que recorre desde La Serena hasta Antofagasta.

Conversamos con la banda sobre los orígenes del proyecto en el underground porteño, la transformación que significó sumar integrantes, la historia detrás del universo narrativo del disco y lo que significa para ellos llevar esa propuesta a los escenarios.

Légamo nació en Valparaíso, en una escena underground muy particular. ¿Cómo fue ese contexto que los empujó a armar un proyecto tan ecléctico?

En esa época sonaba harto la psicodelia y la mezcla de muchos estilos: punk, rock y ska eran lo que más se tocaba en las tocatas. Pero había bandas que experimentaban con muchas más cosas; por ejemplo, estaba Mal a la Cabeza, que venían de Valdivia, y también Carlos Lehder, que mezclaba hasta metal y jazz entremedio.

Nos fuimos conociendo compartiendo tocatas, la mayoría en casa. Uno de los fundadores vivía en un departamento donde se podían hacer shows, así que empezamos a hacer tocatas bien seguidas: ponle que eran cuatro o cinco bandas y salían 500 pesos la entrada. Llegaba mucha gente. Ahí se fue generando una amistad entre integrantes de distintas bandas, entre ellas Epifanía, que era más emo y screamo, y uno de cuyos guitarristas hoy forman parte de Légamo.

Empezamos a juntarnos a improvisar en el mismo espacio, a compartir harta información musical, a escuchar juntos. De ahí nació la banda. Partimos de a poco, solo tres, y fuimos evolucionando e integrando a otros amigos que siempre estuvieron cerca desde el principio.

¿Cómo cambió la dinámica interna al pasar a ser un sexteto? ¿Qué le aportó cada nuevo integrante al sonido del álbum?

El principal cambio es que hay mucha más energía disponible, tanto en lo humano como en lo sonoro. Mucha gente que nos va a ver por primera vez lo nota de inmediato: dicen que suena muy intenso, que es muy fuerte como experiencia. Es una energía colectiva mucho más grande, y eso se nota y se siente.

La guitarra y el teclado le aportan más atmósfera al sonido de Légamo. El teclado, por ejemplo, puede generar sonidos de instrumentos que nunca vamos a tener físicamente (texturas orientales, samples de todo tipo) y ahí se nos abren posibilidades de creación que antes no teníamos. Siento que eso es lo que ha cambiado un poco la música: no la esencia, pero sí la atmósfera, las capas del sonido. En «Círculo de Fuego» están muy mezcladas esas dos grandes vertientes de influencias que siempre hemos tenido.

El disco propone una ucronía solarpunk, con un relato de ciencia ficción que acompaña toda la música. ¿Cómo surgió esa idea? ¿Nació primero el concepto o la música?

Primero nació la música. Fuimos a Perú en pleno proceso de composición, y ahí conocimos a Guillermo Gutiérrez, el tío Facto: un escritor que había sido uno de los fundadores del Movimiento Kloaka, un movimiento de poetas y música subterránea muy bacán de los años ochenta en Lima. Lo conocimos en nuestra primera tocata allá: estaba en el público, se metió de lleno, fue directo. Empezamos a hablar con él, y conectó especialmente con Paulo, el saxofonista.

Después de eso empezaron a hablar todos los días por WhatsApp, y el tío Facto se puso a escribir una historia, como una película,  sobre nosotros, donde cada integrante tenía su personaje. Y después pasó algo muy inesperado: falleció, a los cinco meses de conocerlo. Quedó como un mito para nosotros, la idea de que había dejado sus escritos de esa historia por ahí.

Paulo, que era quien más hablaba con él, se inspiró y empezó a escribir el relato del trasfondo del disco: la historia de Jaco, sus viajes, su encuentro consigo mismo, y todo eso fue conectando con nuestras propias vivencias como banda y nuestra mirada política. Pablo y Rodri también se metieron harto en la redacción, y entre los dos terminaron de darle forma al relato. Pablo estaba muy influenciado por la ciencia ficción, las “Crónicas Marcianas, “Twin Peaks, y de ahí nació Tar Tar, la ciudad utópica solarpunk donde todo funciona bien. Nos metimos todos en esa historia mientras ensayábamos y fue algo muy orgánico.

«Círculo de Fuego» mezcla avant-prog y free jazz en el mismo proyecto. ¿Cómo entienden esa combinación? ¿El jazz es una influencia técnica, una actitud o algo más difícil de definir?

Lo que intentamos es tocar la idea del jazz, la propuesta del jazz, pero sin ser realmente jazzistas. Cada uno lo intenta desde lo que ha escuchado: sabemos un poquito, hemos ido aprendiendo con el tiempo, pero no somos jazzistas.

Hay referencias que nos gustan y que están ahí: Ornette Coleman, James Chance, que es más desordenado, más loquito, Pharoah Sanders, los Lounge Lizards. También los Fabulosos Cadillacs, que tienen harto de jazz latino y ritmos afrolatinos combinados. Igual no pensamos tanto en géneros a la hora de componer: sale nomás.

La verdad es que estamos en un espacio medio liminal. El otro día tocamos en el Thelonious y ahí obviamente sonábamos jazz; pero nosotros somos una banda de rock. Esa tensión también es parte de lo que somos.

¿Qué cambia o se amplía cuando Légamo toca en vivo respecto al disco?

Se amplía todo. Más allá de lo que estás escuchando, emana algo extra: la pasión que le ponemos al estar tocando. Eso se transmite a las personas y es emocionante.

En vivo no tocamos los temas como están grabados; siempre hay un margen de improvisación bien presente. No es que digamos «aquí vamos a improvisar», sino que podemos jugar con la estructura, alargarnos cuando nos nace, generar tensiones que se dan mejor en vivo. La energía es más visceral, más «punk». También estamos intentando incorporar recitados del relato escrito para darle cierta teatralidad. A veces sale mejor que otras, pero es una buena experimentación.

Y los temas antiguos también han cambiado caleta: algunos los grabamos con cuatro personas y ahora somos seis. De repente nos pasan cosas nuevas que no se nos ocurrieron cuando estábamos grabando, y nos sonreímos entre nosotros porque calzan bien. Eso es lo más bacán de tocar en vivo.

¿Cómo ven la música, la suya y en general, como herramienta política?

Creo que es una herramienta factible, pero es decisión de cada persona qué quiere hacer con su música, hacia dónde la quiere dirigir. En el caso de Légamo, lo que hacemos es más de sensación, de experiencia, de algo sutil: mostrar cosas profundas que no se ven en un panfleto. El trasfondo político está ahí, pero no como discurso directo.

Y también: ya reunirnos y tener esta banda tiene un trasfondo político. Ninguno de nosotros es adinerado, nos cuesta juntarnos a tocar, hay un esfuerzo enorme detrás de mantener el proyecto. Eso es, finalmente, una decisión política. Tenemos una mirada crítica con la devastación ambiental, el extractivismo, y eso se nota en la música y en la imaginería que usamos.

Además, nos movemos en círculos donde compartimos esas ideas: espacios autogestionados, defensa de la tierra, lugares anarquistas en Valpo y Viña. Ahí nos vamos nutriendo y después creamos música con esas influencias, esas vivencias. Y yo creo que el componente político más importante, más allá del mensaje, es el poder de convocatoria de la música: en torno a qué se reúne la gente, qué hace posible juntar a las personas. Eso también es profundamente político.

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