Eli y los Diamantes Perdidos debutan con un disco que entiende el amor más allá de lo romántico, con un mapa de vínculos que dialoga con Lemebel y la tradición de la canción popular chilena.
Hemos dejado bien de lado el amor en general. Suena tonto, porque pareciera que desde todos lados te bombardean con él. Sin embargo, hay un detalle: ese bombardeo existe desde lo meramente romántico, y el amor no se reduce a una pareja.
El amor ha sido uno de los pilares de la música desde sus albores, y es un tema serio a estudiar porque el sentimiento no solo aparece: se puede trabajar, aprender, echar a perder, volver a intentar. Es casi un organismo vivo entre una y más personas. Por eso creo que reducir “Háblame de amores <3”, el disco debut de Eli y los Diamantes Perdidos, a un disco meramente romántico es una falta de respeto.
La artista de San Bernardo estrenó este año un LP que mezcla estilos musicales con una fuerte presencia del bajo y una voz potente. Su primer disco presenta un mapa de relaciones donde el amor incluye el deseo, la amistad, la familia, el trabajo, la comunidad y, lo que generalmente se pasa por alto en los clásicos de la ficción, el amor propio.
El amor, tanto como sentimiento, puente y concepto, funciona como una forma total que abarca mucho más allá del horizonte obvio.
¿Pero qué hemos aprendido del amor en todos estos años?
Revisando e investigando, fui a dar con el tratamiento del amor en la Nueva Canción Chilena (movimiento social, musical y poético surgido en los sesenta, que mezcló el folclor nacional con letras de compromiso político y social), lo que me ayudó a sacar notas y hacer contraste con el trabajo de Eli.
Para la época, la voz masculina dominante reducía el amor romántico y cortés a una figura femenina idealizada, algo que casi siempre iba en contra de la realidad. Mientras tanto, en los cancioneros de la voz femenina, el amor jugaba por escenarios más interesantes: apelaba a la picardía, el erotismo, la complementariedad y la comunicación. Años más tarde, Eli haría lo contrario al modelo patriarcal que describe Rivera: no reduce el amor a una pareja, sino que lo extrapola a mil aspectos y relaciones más en la vida. Podría decir que “Háblame de amores” hereda la larga tradición de la canción popular chilena, pero la reformula desde una voz femenina que rompe los límites del canon (Rivera, 2024).

En esa misma investigación, los cancioneros de la época generalmente se articulaban en función del nacionalismo y la heteronormatividad, con el amor como institución al servicio de algo externo. Nuestra autora de San Bernardo, en cambio, organiza el concepto como energía interna que ordena la vida entera desde la autenticidad, saliéndose de la norma.
Si la Nueva Canción pone al pueblo en el centro y el amor al margen, Eli invierte esa lógica y coloca el amor como el centro. Se convierte en una forma de entender lo colectivo: no son canciones políticas en sentido directo, pero sí proponen una ética del vínculo (Memoria Chilena).
Lo que hace la artista es algo similar a lo que hizo Pedro Lemebel, escritor y cronista nacional, con su escritura: amplió lo que podía nombrarse y cómo podía nombrarse, desde una posición de vulnerabilidad que no pedía permiso.
Pedrito es uno de mis escritores favoritos, y creo que su libro “Háblame de amores” es una mezcla de encuentros, recuerdos, viajes y escenas cotidianas bajo una pluma críptica, barroca y voluptuosa.

Lemebel “talla los estereotipos para que de los movimientos y paisajes esperados emerjan diversidades”. Es decir, no describe el amor desde afuera: lo habita desde adentro con su voz, su cuerpo, su clase y su deseo. Un análogo claro de Eli, que escribe desde la verdad de su propia experiencia sin pedir permiso ni maquillar la emoción. No es ni más ni menos vendible; es un aquí y ahora abriéndose (Rivera, 2024).
Ella misma menciona en notas por el lanzamiento del disco que es “muy de escribir con la verdad y no me molesta ser vulnerable frente a los demás” (CTPZ, 2026).
A pesar de ser momentos y situaciones distintas, la artista comparte la desconfianza ante la sentimentalidad fácil que tenía Lemebel: escribe desde la traición, los afectos complejos y la vulnerabilidad. En una entrevista, a Pedro le preguntan:
—¿Te han amado los hombres?
—Puede que sí, solo que no me lo han dicho. Solo dicen “te quiero”, pero querer es una obsesión sin mística amatoria. Por eso digo que no conozco eso que llamas amor.
La ética lemebeliana del amor es sin idealización, sin eufemismos, desde la lucidez de quien ha quedado fuera de las formas normativas del afecto (Templanza, 2017).
Y por eso la vulnerabilidad sin máscara es clave, porque el disco no lograría (y en este punto debo admitir que está dentro de mis lanzamientos favoritos del año) el impacto musical y conceptual que tiene de no ser por este último punto. La vulnerabilidad para Eli no es tema ni pose: es una condición estructural desde la que fue concebido, producido y cantado.
Resumiendo mis pensamientos: dos años de autogestión, la comparación con pares más acomodados, crecer rodeada de músicos en la familia pero sintiéndose tímida e insegura, todo eso impregna el disco antes de que suene la primera nota (La Hora, 2026). Y esa vulnerabilidad tiene un linaje estético claro: Lemebel escribía desde el cuerpo castigado, desde la marginalidad habitada, no observada. Eli escribe desde sus verdades y sus dolores con la misma convicción de que la honestidad sin disfraz es suficiente, incluso cuando expone lo que duele.
En este punto todo choca y se afirma: la ética de la exposición. Ni Pedro ni Eli piden disculpas por mostrar lo que muestran. La artista se sitúa dentro de una tradición donde la canción autoral femenina ha tenido un peso específico en nuestra historia, aunque muchas veces invisibilizado (Memoria Chilena).
No está inventando algo de cero, sino que dialoga con una larga tradición de la canción popular chilena y al mismo tiempo rompe con normas establecidas. Va más allá: hay un hambre de presionar esas restricciones, de ampliar el concepto aceptando todas las formas de vínculo y escribiendo desde una honestidad que atenta contra el canon histórico que no solía permitirle a las voces femeninas ser tan audaces.
Por eso, el amor como forma total es la manera más justa de ver este disco: algo tan hermoso como rompedor. Algo tan potente como “Fugaz”, que fue la primera canciones que escribió, es una una muestra de ese espíritu y mi pieza favorita de toda esta obra.

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