El sueño febril de María y los Templos en el Club Subterráneo

La banda desplegó su universo sonoro en Providencia, donde el virtuosismo instrumental se puso al servicio de la emoción.

Mi primera vez en el Club Subterráneo, un espacio bien acogedor para este tipo de experiencias, estuvo coronada por un sueño febril. Por más de una hora pudimos sentir sonidos de un futuro, aterrador y cercano, a la vez que podíamos conectar con el poder del jazz y el art rock en el espacio ubicado en Providencia.

Tener de frente a María y los Templos es maravillarse con el despliegue instrumental de sus integrantes, un juego constante en que todos son parte de lo mismo, pero se dan espacios para que en ciertos momentos del show alguien reciba la pelota y salga a relucir en su ámbito.

Es un juego constante, de improvisar, de nunca perder la atmósfera, de jugar con las teclas, las cuerdas y la percusión. A nivel auditivo ya es exquisito escuchar la versión en vivo, pero verlos es otra cosa.

Tengo varias tomas de Camilo Aliaga en el piano eléctrico y de Jorge Vargas al bajo (lamentablemente no pude sacar muchas tomas de Gaspar Aliaga, baterista), sólo por el gusto de verlos cada uno en lo suyo. Ni siquiera era por el afán de publicar, sino para repetir una y otra vez cómo, tan enfocados en lo suyo, aún podían fluir con el resto, creando un espacio atrapante y sencillo de entrar.

María Segú, vocalista y guitarrista, es la voz que da identidad al grupo, a la vez que se funde con los instrumentos, siendo un elemento más dentro del repertorio. Poderosa por sí misma y abriendo espacio al conectar.

Si nos vamos a las definiciones, el art rock se puede definir como un género que aprovecha su acercamiento conceptual de la música para crear atmósferas eclécticas, complicadas en un inicio pero atrapantes si entras en su juego (Britannica).

Fiebre” en vivo juega en esas atmósferas y destaca por situarnos en un espacio de temores, dolores y angustias, sin perder la belleza intrínseca de la música bien pensada y ejecutada.

El choque entre la tremenda voz de María, que llega a tonos que revientan en el pecho de sus oyentes, una belleza plateada, al igual que su mano, que rasgaba la guitarra acústica en la segunda mitad del show, entra en yuxtaposición con esas letras que evocan un futuro distópico lleno de rabia, desolación y un intento de redención como sociedad.

Imaginar nuevos mundos, como reza su presentación, es donde se cruzan todas estas emociones hasta rozar lo melancólico y lo erótico, una experiencia que nació mientras se gestaba el disco.

Al final es el malestar frente a la enfermedad, pero también con un dejo de visualizar algo de esperanza. Si todo se va a acabar, ¿con qué nos podemos quedar para enfrentar un final que, en el mejor de los casos, nunca llegue?

La propuesta de la banda en vivo es abrazar esos sentimientos que chocan, un manejo de sentires que tienen forma gracias a sus instrumentos, las letras de María y la suma de sus partes que crean escenarios de otro mundo.

Tal como partió, entre voces eclécticas de otro mundo en un vaivén musical, nos fuimos en una mezcla de fervor y unión. Esa es la magia que logra María y los Templos.

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