Bajo una premisa que abraza la tensión entre el coraje y la vulnerabilidad, el proyecto liderado por Antonia van der Molen presenta un álbum que funciona como un exorcismo de memorias, situándose en ese «lugar hermoso» donde el dolor finalmente recupera su cauce.
Necesito el valor tanto como necesito el miedo busca ser un refugio para aquello que no sabemos cómo decir con palabras. Hace unas semanas, el proyecto nos entrega su larga duración titulado «Schoenstatt«.
Este álbum es un ejercicio de honestidad «escarbativa«. No se trata solo de un conjunto de canciones, sino de un puzzle de mil piezas que conecta líneas temporales y emociones muy distintas entre sí.
El título, rescatado por Antonia desde una estampa religiosa, significa «lugar hermoso», y es precisamente esa la geografía mental en la que se sitúa el disco: un espacio donde el caos de los pensamientos logra ser ordenado y digerido.
Musicalmente, el trabajo se siente ligero pero cargado de una crudeza que la banda considera su herramienta más valiosa. Para la formación, integrada hoy por Antonia (voz), Gabo (guitarra), Shiro (bajo), Polla (batería) y Vito (guitarra y sintes), el sonido visceral es lo que permite romper la barrera de lo convencional para alcanzar una emocionalidad de múltiples tonos.
Las letras, definidas por la propia autora como un «vómito» necesario, son mayoritariamente autobiográficas y se nutren de anhelos delirantes.
Existe aquí una filosofía clara: la tensión entre el valor y el miedo lo es todo. Como explica la banda, para que la sangre empantanada recupere su cauce, a veces hay que remover las costras a arañazos.
Inspirado por la sensibilidad de Adrianne Lenker, la atmósfera de Beach House y la potencia de la escena nacional de Niños del Cerro o Niña Tormenta, «Schoenstatt» es una invitación a la libre interpretación.
Es un recordatorio de que, aunque el interior sea un lugar tenebroso, iluminarlo siempre requiere de ese valor que nace, inevitablemente, de haber conocido el miedo.

Deja un comentario