El recordatorio necesario de que la música independiente chilena encuentra su mayor fuerza en lo humano y lo orgánico.
Este 2026 es un año de metas que no pienso dejar tiradas. Entre ellas, retomar la sección de crónicas (QSDC): un ejercicio para compartir sobre música en vivo y, a la vez, una forma de surfear mi ansiedad en espacios públicos. No había mejor forma de resetear este proyecto que con la celebración del VI Festival Uva Robot en el Aula Magna del Liceo Manuel de Salas, en Ñuñoa (gracias a Tiare Galaz por la invitación).
La relación que tengo con Uva Robot debe ser la misma de cientos. Un sello nacido en 2011 que se ha transformado en el refugio para los proyectos más entrañables de nuestra escena independiente. Si has estado atento a la música nacional en la última década, es imposible no haberte cruzado con alguien de esta camada.
Pese a un leve retraso y algunas interrupciones técnicas, la previa fue calmada. Para alguien que suele acelerarse en estos eventos, el ambiente resultó acogedor, equilibrando lo imponente del Aula Magna con una calidez casi familiar.

Para abrir la velada, recibimos directamente desde Quito, Ecuador, a Lolabúm. Fue una sorpresa total; no había tenido el gusto de escucharlos y su presentación íntima (mezclando acústica, eléctrica y bajo) repasó tanto temas actuales como sus clásicos. Llevo toda la semana pegado con “Ecuador”; me enamoré de su letra y su composición.

Luego de un breve intermedio, apareció la banda completa. Un ensamble que llenaba el escenario, diseñado como una noche alrededor de una fogata, cobijados por el abrazo de la luna y las estrellas. Una junta de amigxs; una celebración tanto de la música como de la amistad.
Esa es la sensación que me quedó desde el minuto uno. Al revisar las redes sociales de este “super junte”, se ven videos de ensayos en casas, todos apretados en salas donde reina la risa. Es la música como motor de algo que va más allá: algo propiamente humano y urgente en tiempos violentos. Esa complicidad espontánea (ver a Chini.png con sus “cachitos” mientras afinaba la guitarra fue de mis momentos favoritos) se traspasó al escenario.
No es un festival cualquiera; no busca lo despampanante, sino compartir la disciplina desde su núcleo más bruto. Mención aparte para el trío de percusionistas: Sebastián Riffo, Felipe Ibarra y Macarena Galaz demostraron una entrega única, llevando la batuta del ritmo. A pesar del formato unplugged, la tripleta convirtió el escenario en un mini carnaval por momentos.

El formato consistió en pasar artista por artista, mostrando tres canciones (nuevas y clásicas) junto al resto del ensamble.
Rosario Alfonso abrió con su estilo melancólico, ensoñador y a veces coqueto, seguida por la propuesta atmosférica e impactante de Alfilera, quienes el año pasado sacaron un discazo de debut. Luego fue el turno de Niña Tormenta, una de las artistas emblema dentro de nuestra cultura, y de la energía única de Chini.png (repasando también temas de Chini and the Technicians), quien impresionó cantando “Oro”, uno de mis temas favoritos de su último disco. El cierre quedó en manos del inconfundible Diego Lorenzini, que siempre destaca por su gracia a la hora de interpretar.
Sumado al bajo de Lucas Achondo y Roberto González, por un rato se convirtieron en una de estas superbandas que aparecen cada cierto tiempo. Pero acá se siente natural y orgánico; se nota que la amistad es el gran hilo conductor.

Nunca estuve cerca de tocar un instrumento o cantar, pero sí tuve amistades que se juntaban a ensayar en el liceo o en alguna casa cercana, y sentí lo mismo: disfrutar lo que estás haciendo, viviendo el presente y estar con los tuyos.
No había mejor forma de partir este año con estas crónicas que con las voces de Uva Robot, un colectivo que ya quedó en la historia de la música de este siglo.

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