La compositora porteña presenta un primer LP íntimo y atmosférico, un álbum-fotografía que recoge la niñez, el amor, los miedos y las raíces.
Entre recuerdos que se iluminan y futuros que todavía no llegan, Catalina Almendra encontró en “Transparente” la forma de retratar sus propios cambios.
Desde Valparaíso, la joven compositora debuta con un disco que piensa el tiempo como si fuera un álbum familiar: páginas que guardan ternura, dudas, heridas y asombros, y que se convierten en música a través de un sonido cálido, orgánico y cargado de sensibilidad.
Nueve canciones que avanzan con respiración folk, destellos pop-rockeros y un halo dream que envuelve cada arreglo.
Financiado por el Fondo de la Música 2024, el LP reúne distintas versiones de sí misma. “Es un álbum que deja plasmado quién he sido y quién soy hoy, independiente de en quién me convierta después”, comenta la artista.
En esas capas de vida aparecen la niñez, las inseguridades, la idea de crecer sin entenderlo del todo. Y también el amor, la nostalgia y la forma en que nuestras raíces moldean lo que somos.
Cada canción funciona como una fotografía sonora: un instante detenido que ilumina lo que antes dolía, lo que hoy se reconoce y lo que mañana puede transformarse.
Catalina describe el proceso como un ejercicio de autoconocimiento, una forma de darle nombre y sonido a emociones difíciles de traducir. “Ha sido muy gratificante encontrarle letras y textura a sentimientos complejos, y ver cómo mis amigos interpretan estas canciones desde su propia vida. Quiero pensar que funcionarán como un cariño en el hombro para quienes sienten miedos e incertidumbres similares”.
En “Transparente”, los arreglos de cuerdas, el charango, las guitarras y las múltiples capas vocales construyen una atmósfera que respira amplitud. El disco honra la tradición cantautoral latinoamericana, pero la expande hacia un imaginario más etéreo.
El LP propone un viaje hacia dentro: mirar(se) a través de los años, reconciliarse con lo vivido y aceptar que la identidad también se mueve. La producción estuvo a cargo de Carlos Peñaloza y la masterización corrió por Arturo Zegers.

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