El músico peruano Jean Paul Du Bois no se apura. Su música parece construirse con el ritmo de quien entiende que algunas cosas toman tiempo. En Semilla, cada sonido se desarrolla con paciencia, sin preocuparse por la urgencia de ser digerido al instante. No hay trucos para atrapar la atención de inmediato ni fórmulas predecibles. Lo que hay es una exploración minuciosa de cada textura, cada vibración, cada espacio en blanco que deja respirar a la música.
El álbum evita el exceso. No hay capas de más, no hay adornos que busquen impresionar. Cada instrumento está ahí porque tiene un propósito. La sencillez se convierte en una herramienta poderosa, permitiendo que cada sonido encuentre su lugar sin necesidad de competir. No es minimalismo forzado, es una forma de entender la composición desde lo esencial.
El tratamiento del sonido refuerza esa idea. La producción no se preocupa por pulir cada esquina hasta hacerla perfecta. Al contrario, deja que los pequeños detalles hablen por sí solos: el roce de los dedos en las cuerdas, el leve crujido de una madera, el aire que se cuela entre las pausas. Esas imperfecciones le dan carácter al disco y lo acercan más a algo orgánico, vivo.
En un contexto donde todo está diseñado para el consumo inmediato, este álbum va en otra dirección. Requiere atención, invita a la repetición, pide que el oyente se detenga y escuche de verdad. No porque sea difícil o pretencioso, sino porque está construido con la convicción de que algunas emociones necesitan espacio para desplegarse.
Jean Paul Du Bois demuestra que la música no tiene que gritar para ser escuchada. Semilla encuentra su propia voz en la calma, en la espera, en la autenticidad de un sonido que no busca ser más de lo que es.


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